Ángeles de Dios

Ángeles de Dios

Un ángel es un creado presente en las creencias de muchas religiones cuyos deberes son asistir y servir a Dios. Ángeles actúan como mensajeros, ejecutando los juicios de Dios y sirviendo a los creyentes. Desde este punto de vista, los ángeles son normalmente considerados como criaturas de gran pureza destinadas en muchos casos a la protección de los seres humanos. En este sentido, en el cristianismo, se habla del ángel de la guarda o custodio, que sería aquel que Dios tiene señalado a cada persona para protegerla.

Ángeles de Dios

Ángeles
Etimológicamente viene del Latín ángelus; del griego aggelos; de la palabra hebrea "uno que va" o "enviado", mensajero; y es usada en hebreo para designar tanto a un mensajero divino como a uno humano. La Septuaginta lo traduce por aggelos, palabra que también tiene ambos significados. La versión latina, sin embargo, distingue al mensajero espiritual o divino del humano, traduciendo el primero como angelus y el segundo como legatus o también nuntius. En algunos pasajes la versión latina usa la palabra angelus en vez de nuntius, cuando esta última expresaba mejor el sentido, por ejemplo en Isaías 18,2; 33,3, 6.

Los ángeles, a lo largo de toda la Biblia, aparecen representados como un cuerpo de seres espirituales que son intermediarios entre Dios y los hombres: "Lo creaste (al hombre) poco inferior a los ángeles" (Salmo 8,6). Ellos, al igual que los hombres, son seres creados; "Alabadle, ángeles suyos todos, todas sus huestes, alabadle! Alaben el nombre de Yahveh. pues él lo ordenó y fueron creados" (Salmo 148, 2, 5: Colosenses 1, 16-17). El hecho de que los ángeles fueron creados, fue confirmado en el Cuarto Concilio de Letrán (1215). El decreto llamado "Firmiter", contra los albigenses, habla del hecho de que ellos fueron creados, y que los hombres fueron creados después de ellos. Este decreto fue repetido por el Concilio Vaticano Primero, en su decreto "Dei Filius". Hacemos mención aquí de él, porque las palabras: "El que vive eternamente lo creó todo por igual" (Eclesiástico 18,1) se usan para demostrar la creación simultánea de todas las cosas; pero generalmente se considera que "juntos" (simul) puede aquí significar "igualmente", en el sentido de que todas las cosas fueron "igualmente" creadas. Son espíritus; el autor de la Epístola a los Hebreos dice: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?" (Heb 1, 14).

Presentes en el Trono de Dios
Es con la misión de ser mensajeros que la Biblia los menciona más a menudo, pero, como San Agustín y luego San Gregorio lo expresan: angelus est nomen officii ("ángel es el nombre de su oficio") y no expresa ni su naturaleza ni su función esencial, es decir: el de estar presentes en el trono de Dios en aquella corte de cielo de la que Daniel nos ha dejado un cuadro bastante vivido:

"Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana. Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. Un río de fuego corría y manaba delante de él. Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él. El tribunal se sentó, y se abrieron los libros. (Daniel 7,9-10; cf. Salmo 96, 7; Salmo 102, 20; Isaías 6, etc.).Esta función de las huestes angélicas es expresada por la palabra "presentarse" (Job 1, 6; 2, 1), es decir, estar presentes ante Dios, y el Señor declara que esa es su función perpetua (Mt 18, 10). En más de una ocasión se dice que hay siete ángeles cuya principal función es la de "estar siempre presentes ante la gloria de Dios" (Tob, 12, 15; Ap 8, 2-5). Esta misma idea puede querer significar "el ángel de Su presencia" (Is 63,9) una expresión también dada en el pseudo-epigráfico "Testamento de los Doce Patriarcas".

Mensajeros de Dios para la Humanidad
Pero estos vistazos de la vida que está más allá de lo conocido, son sólo ocasionales. Los ángeles que aparecen en la Biblia, generalmente tienen la misión de ser mensajeros de Dios para la humanidad. Ellos son los instrumentos que utiliza para comunicar Su plan a los hombres, y en la visión de Jacob, ellos son descritos ascendiendo y descendiendo una escalera que va desde la tierra al cielo, mientras que el Padre Eterno contempla al vagabundo de abajo. Fue un ángel quien encontró a Agar en el desierto (Gén, 16); unos ángeles sacaron a Lot de Sodoma; fue un ángel quien le anunció a Gedeón que debía salvar a su pueblo; un ángel anuncia el nacimiento de Sansón (Jueces, 13), y el ángel Gabriel instruyó a Daniel (Dan 8,16), aunque aquí no se le llama ángel, sino "el hombre Gabriel" (9,21). Este mismo espíritu celestial anunció el nacimiento de San Juan Bautista y la Encarnación del Redentor, la tradición le atribuye también el mensaje a los pastores (Lucas, 2, 9), y la misión más gloriosa de todas, la de fortalecer al Rey de los Ángeles en Su Agonía (Lucas 22,43). La naturaleza espiritual de los ángeles es manifestada de manera muy clara en el relato que Zacarías hace de las revelaciones que recibió por medio de un ángel. El profeta dice que el ángel estaba hablando "en él". Esto parece implicar que él era consciente de una voz interior que no era la de Dios sino la de Su mensajero. El texto Masorético, la Septuaginta, y la Vulgata describen de esta misma manera el mensaje que el ángel dio al profeta. Es una pena que la "Versión Revisada" haya, en clara oposición a los textos antedichos, oscurecido este rasgo traduciéndolo: "el ángel que hablaba conmigo": en vez de "dentro de mí" (cf. Zac 1, 9, 13-14; 2, 3; 4, 5; 5, 10).

Estas apariciones de ángeles generalmente duran sólo el tiempo que dura el mensaje, pero frecuentemente su misión se prolonga, y son también representados como los guardianes de las naciones en momentos en que se da algún problema específico, por ejemplo durante el Éxodo (Éxodo 14, 19; Baruc, 6, 6). Los Padres interpretan por igual que cuando se dice "el príncipe del Reino de Persia" (Dan 10, 13; 10, 21) debemos entender el ángel a quien se le confió el cuidado espiritual de ese reino, y quizá podemos ver en el "hombre de Macedonia" que se le apareció a San Pablo en Tróada, al ángel guardián de ese país (Hechos 16, 9). La Septuaginta (Dt 32, 8) ha conservado un fragmento con esta idea, aunque es difícil calibrar su significado exacto: "Cuando el Altísimo dividió las naciones, cuando esparció a los hijos de Adán, estableció los límites de las naciones según el número de los ángeles de Dios". Cuán grande era el papel que el ministerio de los ángeles representaba no sólo en la teología hebrea, sino también en las ideas religiosas de otras naciones, lo podemos ver en la expresión "como un ángel de Dios". Es usada en tres ocasiones para David (2Sam 14, 17, 20; 14, 27) y una vez por Akis de Gat (1Sam 29,9). Incluso Ester lo usa para designar a Asuero (Ester 15, 16), y se dice que la cara de San Esteban parecía "como la de un ángel" cuando estaba de pie ante el Sanedrín (Hechos 6, 15).

Guardianes Personales
En toda la Biblia encontramos repetidamente que cada alma tiene su ángel guardián. Abraham, al enviar a su siervo ha buscarle una esposa a Isaac, le dice: "Él enviará su Ángel delante de ti" (Génesis 24, 7). Las palabras del Salmo noventa que el diablo le citó al Señor Jesús (Mt.4, 6) es bien conocido, y Judit relata su hecho heroico diciendo: "Vive el Señor, cuyo ángel ha sido mi guardián" (13, 20). Estos pasajes y muchos parecidos (Gén, 16, 6-32; Oseas, 12, 4; 1Re 19, 5; Actos 12, 7; Sal 33, 8), si bien por sí mismos no son una prueba acerca de que cada persona tiene su ángel guardián designado, se complementan con las palabras del Señor Jesús: "Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt 18, 10), palabras que ilustran el comentario de San Agustín: "Lo que está escondido en el Antiguo Testamento, es hecho manifiesto en el Nuevo". De hecho parece que el libro de Tobías, más que cualquier otro, está dirigido a enseñarnos esta verdad, y San Jerónimo en su comentario sobre las palabras anteriormente mencionadas del Señor Jesús dice: "La dignidad de una alma es tan grande, que cada uno tiene un ángel guardián desde su nacimiento". La doctrina acerca de que los ángeles son designados nuestros guardianes es considerada una verdad de fe, pero que cada miembro de la humanidad tiene su propio ángel guardián no es de fe (de fide); sin embargo esta idea tiene tal apoyo por parte de los Doctores de la Iglesia que sería temerario negarlo (cf. San Jerónimo, supra). Pedro Lombardo (Sentencias, lib. II, dist. XI) se inclinó por la idea de que cada ángel estaba encargado de varios seres humanos. Las hermosas homilías de San Bernardo (11-14) sobre el Salmo noventa, respiran el espíritu de la Iglesia pero sin resolver la cuestión. La Biblia no sólo representa a los ángeles como nuestros guardianes, sino también como nuestros intercesores. El ángel Rafael (Tob 12, 12) dice: "Ofrecí oraciones al Señor por ti" (cf. Job, 5, 1 (Septuaginta), y 33,23 (Vulgata); Apocalipsis 8,4). El culto católico a los ángeles tiene, por ello, fundamento escriturístico. Quizás la declaración explícita más temprana sobre esto lo tenemos en las palabras de San Ambrosio: "Debemos rezarle a los ángeles que nos son dados como guardianes" (De Viduis, IX); (cf. San Agustín, Contra Faustum, XX, 21). El culto indebido a los ángeles es reprobado por San Pablo (Col, 2, 18), y que esta tendencia se siguió dando por mucho tiempo en este mismo lugar lo atestigua el Canon 35 del Sínodo de Laodicea.

Como Agentes Divinos que Gobiernan el Mundo
Los pasajes anteriores, especialmente aquellos relacionados con ángeles que tenían encargos diversos, nos permite entender la idea casi unánime de los Padres de que son los ángeles quienes pusieron por obra la ley de Dios con respecto al mundo físico. La creencia semítica en el genii y en espíritus que causan el bien o el mal es bastante conocido, y rastros de ello serán hallados en la Biblia. Por ello, la peste que devastó a Israel por culpa del pecado de David por censar al pueblo de Israel, le es atribuida a un ángel el cual se dice que David vio (2Sam 24, 15-17, y de manera más explícita en 1Cro 21, 14-18). Incluso el viento que susurra en la copa de los árboles era considerado como un ángel (2Sam 5, 23-24; 1Cro 14, 14-15). Esto es declarado de forma más explícita en el pasaje de la piscina Probática (Juan 5, 1-4), aunque existen algunas dudas sobre este texto; en este pasaje se dice que el movimiento de las aguas era realizado por las visitas periódicas de un ángel. Los semitas estaban convencidos de que toda la armonía del universo, así como las interrupciones de esta armonía, era debido a Dios como creador, pero llevadas a cabo por Sus ministros. Esta idea está fuertemente marcada en el "Libro de los Júbilos" en él las hordas celestiales de ángeles buenos y malos están siempre actuando en el universo material. Maimónides (Directorium Perplexorum, IV y VI) citado por Santo Tomás de Aquino (Summa Theol., I:1:3) dice que la Biblia frecuentemente delinea los poderes de los ángeles de la naturaleza, ya que ellos manifiestan la omnipotencia de Dios (cf. San Jerónimo, En Mich., VI, 1, 2; P. L., IV, col. 1206).

Organización Jerárquica
Si bien los ángeles que aparecen mencionados en los libros más tempranos del Antiguo Testamento son impersonales y quedan ensombrecidos por la importancia del mensaje que llevan o por la obra que realizan, no nos dan ninguna información acerca de la existencia de una cierta jerarquía en el ejército celestial.

Después de la expulsión de Adán del Paraíso, este es defendido de nuestros Primeros Padres por querubines que son ministros de Dios, aunque nada se menciona acerca de su naturaleza. Sólo una vez más aparece la figura de un querubín en la Biblia, en la maravillosa visión que tuvo Ezequiel en la que los describe con muchos detalles (Ezeq 1), y que en Ezequiel 10 los llama querubines. El Arca era defendida por dos querubines, pero sólo tenemos conjeturas acerca de cómo eran. Se ha sugerido, con gran probabilidad, que estos pueden ser comparados con los toros y leones alados que cuidan los palacios asirios, y también con los extraños hombres alados con cabeza de halcones pintados en las paredes de algunas de sus construcciones. Los serafines sólo aparecen en la visión de Isaías, 6, 6.

Ya hemos mencionado a los siete místicos que están de pie ante Dios, y parece que en ellos tenemos una indicación de un cordón interno que rodea el trono. El término arcángel sólo aparece en San Judas y 1Tes., 4, 15; pero San Pablo nos da otras dos listas de nombres de las cohortes celestiales. Nos dice (Ef 1, 21) que Cristo está "por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación"; y, escribiendo a los Colosenses (1, 16), dice: "porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades". Hay que señalar que San Pablo usa dos de estos nombres para señalar los poderes de la oscuridad cuando (2, 15) dice que una que Cristo haya "despojado los Principados y las Potestades. incorporándolos a su cortejo triunfal". Y no es de menos importancia que sólo dos versículos después advierta a sus lectores a no dejarse seducir por "el culto de los ángeles". Aparentemente pone su sello en una cierta angelología permitida, y al mismo tiempo advierte en contra de las supersticiones sobre este asunto. Tenemos una insinuación de algunos excesos en el Libro de Enoc, en el que, como ya dijimos, los ángeles tienen un papel bastante desproporcionado. Al igual, Josefo nos dice (Be. Jud., II, VIII, 7) que los esenios realizaban un voto para preservar los nombres de los ángeles.

Ya hemos visto como (Daniel 10, 12-21) varios ángeles están designados a varios lugares, y que se les llama sus príncipes, y este mismo rasgo reaparece de manera más notable en el Apocalipsis "los ángeles de las siete Iglesias", aunque es imposible decir el significado preciso de este término. Generalmente estos siete Ángeles de las Iglesias son considerados los Obispos que ocupan éstas sedes. San Gregorio Nacianceno en su carta a los Obispos en Constantinopla en dos ocasiones les dice "Ángeles", según el idioma del Apocalipsis.

El tratado "De Coelesti Hierarchia" atribuido a San Dionisio Areopagita, y que ejerció una gran influencia entre los escolásticos, trata con muchos detalles las jerarquías y órdenes de los ángeles. Generalmente se considera que este trabajo no pertenece a San Dionisio, y que fue escrito algunos siglos después. Si bien su doctrina acerca de los coros de ángeles ha sido aceptada en la Iglesia con gran unanimidad, ninguna proposición referente a las jerarquías angélicas es dogma de fe. El siguiente pasaje de San Gregorio Magno (Hom. 34, en Evang.) nos dan una idea clara del punto de vista de los doctores de la Iglesia acerca de este punto:

Sabemos por la autoridad de la Escritura que existen nueve órdenes de ángeles: Ángeles, Arcángeles, Virtudes, Potestades, Principados, Dominaciones, Tronos, Querubines y Serafines. Que existen Ángeles y Arcángeles casi todas las páginas de la Biblia nos lo dice, y los libros de los Profetas hablan de Querubines y Serafines. San Pablo, también, escribiendo a los Efesios enumera cuatro órdenes cuando dice: 'sobre todo Principado, Potestad, Virtud, y Dominación'; y en otra ocasión, escribiendo a los Colosenses dice: 'ni Tronos, Dominaciones, Principados, o Potestades'. Si unimos estas dos listas, tenemos cinco Órdenes, y agregando los Ángeles y Arcángeles, Querubines y Serafines, tenemos nueve Órdenes de Ángeles.

Santo Tomás (Summa Theologica I:108), siguiendo a San Dionisio (De Coelesti Hierarchia, VI, VII), divide a los ángeles en tres jerarquías cada una de las cuales contienen tres órdenes. Su proximidad al Ser Supremo sirve como base para esta división. En la primera jerarquía pone a los Serafines, Querubines, y Tronos; en la segunda, a las Dominaciones, Virtudes, y Potestades; en la tercera, a los Principados, Arcángeles, y Ángeles. Los únicos nombres que nos dan la Escritura de ángeles en particular son los de Rafael, Miguel, y Gabriel, nombres que significan sus atributos. Los libros judíos apócrifos, como el Libro de Enoc, nos dan el de Uriel y Jeremiel, mientras que otras fuentes apócrifas nos dan muchos más, como por ejemplo Milton en su "Paraíso Perdido".

Los Ángeles Malos
La distinción entre ángeles buenos y ángeles malos aparece constantemente en la Biblia, pero es importante señalar que no existe señal alguna de dualismo o conflicto entre dos principios iguales, uno bueno y otro malo. El conflicto descrito es más bien realizado en la tierra entre el Reino de Dios y el Reino del Maligno, pero siempre con la inferioridad del último. La existencia, pues, de este espíritu inferior, y por consiguiente creado, debe de ser explicado.

El desarrollo gradual de la conciencia hebrea sobre este tema está claramente presente en la Sagrada Escritura. El relato de la caída de nuestros Primeros Padres (Gén, 3) es expresado en tales términos que es imposible ver en ellos otra cosa diferente que la existencia de un agente del mal quien está envidioso de la raza humana. La declaración (Gén, 6, 1) de que los "hijos de Dios" se casaban con las hijas de los hombres es explicado por la caída de los ángeles, en Enoc, 6-11, y en los códices, D, E, F, y A de la Septuaginta dice frecuentemente, por "hijos de Dios", oi aggeloi tou theou. Desgraciadamente, los códices B y C son diferentes que el Génesis 6, pero probablemente es porque ellos, también, leyeron oi aggeloi en este pasaje, pues constantemente ponen la expresión "los hijos de Dios"; cf. Job, 1, 6; 2, 1; 38, 7; pero por otro lado, véase Sal 2, 1; 88, & (Septuaginta). Filón, haciendo un comentario sobre este pasaje en su tratado "Quod Deus sit immutabilis", I, sigue a la Septuaginta. Para conocer la doctrina de Filón sobre los Ángeles, cf. "De Vita Mosis", III, 2, "De Somniis", VI: "De Incorrupta Manna", I; "De Sacrifciis", II; "De Lege Allegorica", I, 12; III, 73; y para el punto de vista del Génesis 6, 1, cf. San Justino, Apol., II, 5. Debe además señalarse que la palabra hebrea nephilim que es traducida por gigantes, en 6,4, pueden significar "los caídos". Los Padres generalmente se lo refieren a los hijos de Set, el linaje escogido. En I K., XIX, 9, se lee que un espíritu malo posee a Saúl, aunque es probablemente una expresión metafórica; más explícito es el III B., XXII, 19-23, en donde se describe a un espíritu en medio del ejército celestial y que por invitación del Señor, aparece como un espíritu mentiroso en la boca de los falsos profetas de Ajab. Podemos, siguiendo a los escolásticos, explicar esto como un malum poenae el cual es realizado por Dios a causa de las faltas de los hombres. Una más exacta exégesis insistiría en el tono totalmente imaginativo de todo este episodio; no es tanto la manera en el que el mensaje es dado sino su sentido real lo que queremos desarrollar aquí.

El cuadro que nos da Job 1 y 2, es igualmente imaginativo; pero Satanás, quizás la individualización más temprana del Ángel caído, se presenta como un intruso que envidia a Job. Él es, evidentemente, un ser inferior a la Deidad y puede sólo tocar a Job con permiso de Dios. La manera en la que el pensamiento teológico avanzó a medida en que la cantidad de la revelación aumentó, lo podemos ver en una comparación entre 2Sam, 24, 1, y 1Cro 21, 1. Mientras que en el primer pasaje se dice que el pecado de David fue debido a "la ira del Señor" que "incitó a David", en el último leemos que "Satanás incitó a David para hacer el censo del pueblo de Israel". En Job 4, 18, nos parece encontrar una declaración clara sobre la caída: "Y aún a sus ángeles achaca desvarío". La Septuaginta de Job contiene algunos interesantes pasajes con respecto a ángeles vengadores en quienes quizá podemos ver a los espíritus caídos, así en 33, 23: "Si hay mil ángeles mediadores de la muerte en su contra, ninguno de ellos le hará daño"; y en 36, 14: "Incluso si sus almas mueren en plena juventud, serán heridos por los ángeles"; y en 21, 15: "Las riquezas injustamente aumentadas serán vomitadas, un ángel lo sacará de su casa"; cf. Prov 17, 11; Sal 34, 5, 6; 77, 49, y especialmente, Eclesiástico 39, 33, un texto que, hasta donde puede ser deducido por el estado actual del manuscrito, estaba en el original hebreo. En algunos de estos pasajes, es verdad, los ángeles pueden ser considerados como los vengadores de la justicia de Dios, sin ser, por consiguiente, los espíritus malos. En Zac 3, 1-3, Satanás se le llama al adversario que suplica ante el Señor contra el Sumo Sacerdote Josué. Isaías 14, y Ezequiel 28, son para los Padres el loci classici con respecto a la caída de Satanás (cf. Tertul., adv. Marc., II, X); y el mismo Señor Jesús ha dado color a esta idea usando las imágenes de este último pasaje al decir a Sus Apóstoles: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo" (Lucas 10, 18). En tiempos del Nuevo Testamento la idea de los dos reinos espirituales se ve con claridad. El diablo es un ángel caído que con su caída arrastró consigo multitudes de la hueste celestial. El Señor Jesús se refiere a él como "el Príncipe de este mundo" (Juan 14, 30); el tentador de la raza humana que intenta involucrarlos en su caída (Mateo 25, 41; 2Pedro, 2, 4: Ef 6, 12: 2Cor 11, 14; 12, 7). La representación cristiana del diablo bajo la forma de un dragón deriva especialmente del Apocalipsis (9, 11-15; 12, 7-9), en donde se le menciona como el "ángel del hoyo sin fondo", "el dragón", "la serpiente antigua", etc., y se le representa como si realmente hubiese estado combatiendo con el Arcángel Miguel.

Querubín
Seres angelicales o representaciones simbólicas de los mismos, mencionados frecuentemente en el Antiguo Testamento y sólo una vez en el Nuevo Testamento.

En Filología
La palabra cherub (cherubim es el plural masculino en hebreo) es una palabra tomada del asirio kirubu, de karâb, "estar cerca", por lo que significa los que están cerca, familiares, sirvientes personales, el cuerpo de guardias, cortesanos. Se usa comúnmente para designar a los espíritus celestiales que rodean cercanamente la Majestad de Dios y le prestan servicios íntimos. Por lo tanto, pasó a significar tanto como "espíritu angélico". (El cambio de K de Karâbu a K de Kirub no es nada inusual en asirio. La palabra se ha relacionado con la palabra egipcia Xefer por metátesis de Xeref = K-r-bh). Una metátesis similar y juego con el sonido, sin duda existe entre Kerub y Rakab, "montar", y Merkeba, "carroza". La explicación judía posterior, por analogía entre Kerub y Rekûb, "un joven", parece inútil. En inglés la palabra debe ser pronunciada qerub y querubim, y no con una ch suave.

En Arte
En la Biblia se usa frecuentemente las palabras querubín y querubines para designar figuras esculpidas, talladas y bordadas utilizadas en los muebles y los adornos del santuario judío.

  • Según Éxodo 25,18-21, sobre el kapporeth o tapa del Arca (es decir, el “propiciatorio”) estaban colocadas las figuras de dos cherubim de oro macizo.

  • Según 1 Reyes 6,23 ss, y 2 Crón. 3,11 ss., Salomón colocó en el Santo de los Santos dos grandes querubines de madera de acebuche revestidos de oro. "Estaban de pie y con sus caras vueltas hacia la sala.” lo que probablemente significa que sus caras miraban hacia el Lugar Santo o la Entrada.

  • Según Éx. 26,31, había querubines bordados en el velo del tabernáculo, para separar el Lugar Santo del Santo de los Santos. Se hicieron "de púrpura violeta y escarlata, de carmesí y lino fino torzal”. No sabemos cuántos querubines se bordaron en el “paroket” o velo. Con frecuencia se supone que, como el velo ocultaba el Santo de los Santos, tenía pintadas dos grandes figuras para representar a los espíritus guardianes o cuidadores.

  • Según 1 Reyes 6 y 7, los querubines se grababan aparentemente como un “motivo” artístico en madera y metal. El revestimiento de madera del Templo, tanto interior como exterior, estaba cubierto con ellos, así como con palmeras y flores abiertas. El mar de bronce estaba adornado con figuras de leones, bueyes y querubines.

  • De acuerdo a Ezequiel 41,18 ss., en su descripción visionaria del Templo, las paredes del santuario estaban adornadas con querubines y palmeras, y cada querubín tenía dos caras, la de un hombre y la de un león, vueltas respectivamente hacia las palmeras de la derecha y la izquierda. Pero no hay fundamento alguno para suponer que los querubines reales del Templo de Salomón o del santuario antes de Salomón tuvieran doble cara; lo contrario parece cierto, pero a partir del texto de la Escritura no podemos concluir con certeza qué tipo de caras tenían estos querubines del Templo, si de animales o de humanos. A veces se concluye a partir de Ezequiel 10,14, "y cada uno tenía cuatro caras: la primera era la cara del querubín, la segunda una cara de hombre, la tercera una cara de león y la cuarta, una cara de águila", que la cara de un querubín no puede haber sido humana, y que naturalmente se ha sugerido la cara de un buey, pero el argumento no es concluyente.

En el arte egipcio eran bastante comunes figuras con rostro humano y dos alas extendidas pegadas a los brazos. También en el arte asiriose usaban en la decoración figuras humanas aladas a cada lado de una palmera. A veces tenían cabeza de halcón, pero generalmente poseían rostros humanos. Sin embargo, incluso los judíos en el tiempo de Cristo habían olvidado por completo el aspecto de los querubines del Templo. Josefo (Antiq., VIII, 3) dice que nadie sabe ni siquiera son capaces de adivinar qué forma tenían. El hecho mismo, sin embargo, que la Biblia en ninguna parte da una explicación, pero presupone siempre que eran bien conocidas, nos hace creer que estaban entre las figuras más comunes del arte contemporáneo.

En una Visión Inspirada
Puesto que Yahveh estaba rodeado por figuras de querubines en su santuario en la tierra, así que, según la Escritura, Él está realmente rodeado de querubines en su corte de arriba. La función atribuida a estos servidores celestiales de la Majestad de Dios es la de portadores de trono, o "portadores", de Su Divina Majestad. En el Salmo 18(17),10-11 el salmista describe el abrupto descenso de Yahveh para rescatar un alma en pena en las siguientes palabras: "Él inclinó los cielos y bajó, un espeso nubado debajo de sus pies: cabalgó sobre un querube, emprendió el vuelo, sobre las alas de los vientos planeó". La idea de los querubines como la carroza de Dios parece que se indica en 1 Crón. 18, donde David dona oro para los querubines del Templo, que son descritos como “la carroza”, no probablemente porque tuviese la forma exterior de un vehículo, sino porque los querubines del Templo simbolizaban los tronos vivientes de alas veloces sobre los cuales viaja el Todopoderoso por los cielos.

El profeta Ezequiel menciona a los querubines en un doble sentido:

  • en su visión del carro viviente de Dios (Caps. 1 y 10);

  • en su profecía sobre el príncipe de Tiro (cap. 28,14 ss.).

La visión de Ezequiel de los querubines, que es prácticamente la misma en el capítulo décimo como en el primero, es una de las más difíciles en las Escrituras, y ha dado lugar a una multitud de explicaciones. El profeta vio primero una nube luminosa que venía del norte; desde la distancia parecía una gran nube con franjas de luz y algo de brillo intenso en el centro del mismo, brillante como el oro, pero en constante movimiento, como las llamas de un fuego. Dentro de ese fuego celestial él comenzó gradualmente a distinguir cuatro seres vivos con cuerpos como de hombres, pero con cuatro caras cada uno: un rostro humano al frente, pero con cara de águila detrás; el rostro de un león a la izquierda y el de un buey a la derecha. Aunque se aproximaban, sin embargo, sus rodillas no se doblaban en la marcha, continuaban rígidas e inflexibles, y la planta de los pies era como la planta de la pezuña del buey, y relucían como el fulgor del bronce bruñido. Tenían cuatro brazos, dos en cada hombro, y un ala pegada a cada brazo. De estos cuatro brazos alados dos estaban extendidos hacia lo alto; y dos hacia abajo cubriéndole el cuerpo. Estos cuatro seres vivientes estaban juntos, mirando en cuatro direcciones opuestas, y entre ellos había cuatro grandes ruedas dobles, por lo que podían rodar hacia delante o hacia los lados. Así, este carro angelical siempre presentaba el mismo aspecto, sin importar en cuál de las cuatro direcciones se movía, y los ángeles y las ruedas estaban adornados con ojos. Y sobre las cabezas de los querubines, de modo que la tocaban con las puntas de sus alas extendidas, había una bóveda de cristal, y sobre este cristal había un trono de zafiro, y en el trono, uno semejante a un hombre, a semejanza de la gloria de Yahveh.

El significado místico de cada detalle de esta visión probablemente seguirá siendo un tema de especulación, pero el significado de las cuatro caras no parece difícil de entender: el hombre es el rey de la creación, el león es el rey de las bestias de la selva, el buey es el rey del ganado en el campo, el águila el rey de las aves del aire. En los últimos años este relato de los querubines ha sido explicado como meros símbolos de la plenitud de la vida terrenal, que, como la tierra misma, es el estrado de Dios. Sin embargo, se entiende más naturalmente que estos rostros significan que estos seres angélicos poseían la sabiduría inteligente del hombre, la ágil fuerza del león, el considerable peso del buey, la inmensa sublimidad del águila. El cristianismo primitivo transfirió esta visión del Antiguo Testamento, a la esfera del Nuevo Testamento y gradualmente utilizó estas figuras querúbicas para designar a los cuatro evangelistas---un pensamiento de rara grandeza rara y singular felicidad, pero sólo un sensus accommodatu.

La profecía de Ezequiel contra el príncipe de Tiro contiene una descripción de la casi más que terrenal gloria de esa antigua ciudad. Se habla de Tiro como de un ángel caído de la gloria. Del rey de Tiro, se dice: "Tú, lleno de sabiduría y acabado en belleza. En Edén estabas, en el jardín de Dios, toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto… Querubín protector de alas desplegadas te había hecho yo, estabas en el santo monte de Dios, caminabas sobre piedras de fuego. Fuiste perfecto en tu conducta desde el día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad… has pecado, y yo te he degradado del monte de Dios, y te he eliminado, querubín protector, de en medio de las piedras de fuego” (Ez. 28,12-16).

Indirectamente podemos extraer de este pasaje que los querubines fueron concebidos para estar en un estado de perfección, sabiduría, impecabilidad, cercanía a Dios en su Monte Santo y de gloria y felicidad preternatural. Lamentablemente las palabras parafraseadas como "con las alas extendidas de protección" son difíciles de traducir: el término hebreo puede significar "querubín de la unción, que cubre", por lo tanto un noble, siendo ungido, eclipsando a otros con sus alas para protegerlos. Si esto es así, hay que añadir la realeza y la beneficencia a las características de los querubines.

En Teología
A pesar de la opinión común actual de avanzados estudiosos protestantes, que los querubines son sólo representaciones simbólicas de ideas abstractas, la Iglesia Católica, sin duda, afirma que realmente existen seres espirituales que corresponden a ese nombre. El que los escritores del Antiguo Testamento usaron la palabra “cherubim” para designar a los ángeles, no sólo para expresar ideas, se puede ver mejor en Génesis 3,24, donde Dios puso querubines en la entrada del Paraíso. Esta frase podría no tener sentido alguno si los querubines no representaran a seres ministeriales, a diferencia del hombre, que realiza los mandatos de Dios. Asimismo, es difícil leer a Ezequiel y persuadirse uno mismo de que el profeta no presupone la existencia real de seres personales reales bajo el nombre de querubines; en los capítulos 1 y 10 él habla una y otra vez de "seres vivos", y dice que el Espíritu de la Vida estaba dentro de ellos, y señala repetidamente que las formas corporales que ve no son sino las apariencias de los seres vivos así mencionados.

Los seres vivos (zoa) que con tanta frecuencia se mencionan en el Apocalipsis de San Juan sólo pueden ser tomados como paralelos a los de Ezequiel, y no se puede dudar de su existencia personal en la mente de San Juan. También la frase frecuente: "que estás sentado sobre querubines" (1 Sam. 4,4; 2 Sam. 6,2; 2 Reyes 19; Isaías 37,37, 16; Sal. 80(79),2 y 99(98),1), aunque sin duda se refiere a la morada real de Yahveh en el Santo de los Santos, sin embargo, se entiende mejor como una referencia a los portadores celestiales del trono de Dios. No puede haber duda de que los judíos posteriores ---es decir, a partir de 200 a. C. en adelante--- consideraban los querubines como verdaderos seres angélicos, la angelología del Libro de Enoc y los libros apócrifos de Esdras nos dan un testimonio innegable sobre este punto.

Así que la Iglesia cristiana desde el principio aceptó la personalidad de los querubines y adoptó muy pronto la interpretación del nombre que hizo Filo Judeo. Clemente de Alejandría: "El nombre querubín intenta demostrar mucho entendimiento (aisthesin pollen).” (Stromata, V, 240). Aunque en los primeros siglos del cristianismo a los querubines se les consideraba ángeles, en la lista de la jerarquía angélica no se menciona a los querubines y serafines. Al principio sólo se enumeraban siete coros de ángeles, es decir los que se mencionan en Efesios 1,21 y Col. 1,16, con la adición de angeli et archangeil. Así también San Ireneoen Haer. II, XXX, y Orígenes, Peri archon, I, V. Pero pronto se percibió que la lista de los Apóstoles no intentaba ser una completa, y se añadieron los seres angélicos del Antiguo Testamento mencionados por Ezequiel e Isaías, los querubines, serafines y otros, de modo que tenemos ocho, nueve, diez o incluso once rangos en esa jerarquía. A veces se pensó que querubines y serafines eran sólo otros nombres para los tronos y las virtudes (San Gregorio de Niza, "Contra Eunomio I; Agustín en Ps., XCVIII, 3).

Desde Dionisio el Pseudo-Aeropagita, De Caelesti Hier. (escrito alrededor del año 500 d.C), la división del orden angélico en nueve rangos ha sido prácticamente universal, y los querubines y serafines toman el lugar más alto en la jerarquía, un rango que les atribuyó San Cirilo de Jerusalén (370 ), y San Juan Crisóstomo (c. 400), y que el Papa San Gregorio I (Magno), una vez aprocrisiario o nuncio en Constantinopla, dio a conocer en Occidente. El Papa Gregorio dividió los nueve órdenes angélicos en tres coros, el coro más alto son: tronos, querubines y serafines. De los querubines dice (Hom in Ev., XXXIV, 10), que “querubín” significa "la plenitud del conocimiento, y que estos sublimes ejércitos se llaman así porque están llenos de un conocimiento que es el más perfecto, ya que se les permite contemplar la gloria de Dios más cercanamente". Esta explicación de San Gregorio se deriva en última instancia de una declaración similar de Filo, y San Agustín ya la había combinado con la función de los querubines en el Antiguo Testamento en su sublime comentario al Salmo 80(79),2, "Tú que estás sentado entre querubes": "Querubín significa el Asiento de la gloria de Dios y se interpreta: plenitud de conocimiento. Aunque nos damos cuenta de que los querubines son los poderes y virtudes exaltados; sin embargo si quieres, tú también serás uno de los querubines. Porque si querubín significa Asiento de Dios, recuerda lo que dice la Escritura: El alma de los justos es el Asiento de la Sabiduría ".

Serafín
Nombre plural masculino en hebreo que designa a una clase especial de seres celestiales sirvientes en la corte de Yahveh.

En las Sagradas Escrituras se mencionan claramente estos seres angelicales en la descripción que hace Isaías de su llamada al oficio profético (Is. 6,2 ss.). En una visión de profundo contenido espiritual, que se le concedió en el Templo, Isaías contempló las realidades invisibles simbolizadas por las formas exteriores de la morada de Yahveh, su altar, sus ministros, etc. Mientras observaba ante el patio del sacerdote, se levantó delante de él una augusta visión de Yahveh sentado en su trono de gloria. A cada lado del trono se ubicaban misteriosos guardianes, cada uno con seis alas: con un par aleteaban, con otro par se cubrían la faz y con el otro par se cubrían los pies, ahora desnudos, como conviene para el servicio sacerdotal en la presencia del Todopoderoso. Sus más altos servidores, estaban allí a su servicio y para proclamar su gloria, y se gritaban uno al otro: “Santo, santo, santo es el Señor, Yahveh Sebaot; llena está toda la tierra de su gloria”. Estos eran los serafines, uno de los cuales voló hacia Isaías con una brasa que tomó del altar, y con la que tocó y purificó los labios del profeta que desde entonces estarían consagrados a las declaraciones de la inspiración.

Esta es, en substancia, la visión simbólica de Isaías, a partir de la cual se puede inferir todo lo que las Sagradas Escrituras revelan sobre los serafines. Aunque se les describe bajo forma humana con caras, manos y pies (Is. 6,2.6), sin duda son seres espirituales existentes que corresponden a su nombre, y no simplemente representaciones simbólicas como afirman a menudo los eruditos protestantes. Su número es considerable, ya que aparecen alrededor del trono celestial en un doble coro y el volumen de sus voces es tal que los sonidos hacen temblar los cimientos del palacio.

Son diferentes de los querubines que cargan u ocultan a Dios y muestran la presencia de su gloria en el santuario terrestre, mientras que los serafines están ante Dios como sus servidores que ofician en la corte celestial. Su nombre también, seraphim, los distingue de los querubines, aunque es declaradamente difícil encontrar un pasaje en las Escrituras donde se mencione una clara concepción de su significado preciso.

El nombre se deriva a menudo del verbo hebreo saraph (“consumirse con fuego”) y esta etimología es muy probable, ya que está de acuerdo con Is. 6,6, donde uno de los serafines es representado llevando fuego celestial del altar para purificar los labios del profeta. Muchos académicos prefieren derivar el nombre del nombre hebreo saraph “una serpiente ígnea y voladora”, mencionada en Núm. 21,6; Is. 14,29, y la imagen de bronce que estaba en el Templo en tiempos de Isaías (2 Rey. 18,4); pero es evidente que en la descripción de los serafines que da Isaías no hay rastros de tal serpentina. Aún menos probables son las opiniones propuestas por ciertos críticos que relacionan los serafines bíblicos con el Sharrapu babilónico, un nombre para Nergal, el dios-fuego, o con el grifo egipcio (séref) que Beni-Hassan coloca como guardianes de tumbas.

Los serafines son mencionados al menos en dos ocasiones en el Libro de Henoc (LXI, 10; LXXI, 7) junto con, y de manera distintiva, al querubín. En la teología cristiana, el serafín junto al querubín, ocupan el más alto rango en la jerarquía celestial (vea querubín), mientras que en la liturgia (Te Deum; prefacio de la Misa) se representan repitiendo el Trisagion exactamente como en Isaías 6.

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